Agendemos la Misa de Marzo

Agendemos la Misa de Marzo
Como siempre, en la PArroquia San Francusco

lunes, 11 de octubre de 2010

APRENDAMOS A PEDIR EN ORACION...LA ORACIÓN SIGUE SIENDO PODEROSA

Foto de los encuentros carismaticos de agosto en Los Angeles

NORMAS DE LA ORACION DE PETICION


A pesar de la simplicidad de las palabras expresadas por el Señor Jesús sobre la oración de petición, es de vital importancia que conozcamos algunas normas o reglas sin las cuales nuestra oración se hace intrascendente y pierde toda su efectividad y valor.

Nos dice el Apóstol Santiago: “No tenéis, porque no pedís” (Santiago 4,2).

En estas cinco palabras encontramos un importante mensaje de Dios. Dos de las palabras son de una sola sílaba, y, por cierto, son en realidad la misma palabra. Los dos verbos usados en ella son los más frecuentes, probablemente en nuestra lengua: tener y pedir. En cuanto a “porque” no hay que decir que es una de las palabras más comunes. Y este mensaje, al parecer corto y corriente, contiene un poder que ha transformado muchas vidas, y ha hecho de obreros ineficaces poderosos adalides del poder divino.

Se encuentran estas cinco palabras en Santiago 4,2 formando parte del final del versículo: “Combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís”.

Estas cinco palabras contienen el secreto de la pobreza y la impotencia del cristiano

corriente, del presbítero o del religioso(a) corriente, de la Iglesia corriente.

- “Por qué -pregunta más de un creyente- hago tan pocos progresos en mi vida espiritual?

Por qué tengo tan pocas victorias sobre el pecado?

Por qué crezco tan lentamente en mi semejanza al Señor Jesucristo?

Por qué vivo lleno de angustia, de desilusión, de temores?

Y Dios nos contesta con las palabras de nuestro texto: “porque olvidáis la Oración. No tienes porque no pides”.

- “Por qué -se pregunta más de un sacerdote o un religioso(a)- veo tan poco fruto en mi ministerio?

Por qué hay tan pocas conversiones verdaderas?

Por qué reciben mis feligreses una ayuda tan paupérrima de mi presbiterado, y son tan poco edificados en el conocimiento y vida cristiana?

Por qué hay tan pocas obras en mi vida religiosa?

Por qué no soy capaz de vivir lo que predico o lo que enseño?

Y otra vez el Señor contesta: “porque olvidáis la oración. No tienes porque no pides.”

- Por qué -se pregunta la Iglesia- la Iglesia instituida por Jesucristo hace unos progresos tan lentos en el mundo de hoy en día?

Por qué tiene tan poco poder contra el pecado, la incredulidad y el error en todas sus formas?

Por qué gana tan pocas victorias contra el demonio, el mundo y la carne?

Por qué el miembro normal de la Iglesia vive en un plano de espiritualidad tan bajo?

Por qué el Señor Jesucristo no recibe la honra, la gloria y la alabanza que debiera recibir de la Iglesia de hoy?

Y otra vez el Señor contesta: “Porque olvidáis la oración. No tienes porque no pides.”

Cuando leemos la historia de la Iglesia primitiva, según nos lo cuenta San Lucas (inspirado por el Espíritu Santo) en los Hechos de los Apóstoles, qué es lo que encontramos? Encontramos una historia de victorias constantes, de progreso continuo. Leemos, por ejemplo:

“Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.” (Hechos 2,47).

“Sin embargo, muchos de los que oyeron la Palabra creyeron; y el número de hombres llegó a unos cinco mil” (Hechos 4,4).

“Los creyentes cada vez en número mayor se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres” (Hechos 5,14).

La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe” (Hechos 6,7).

Y así, capítulo por capítulo, siempre encontramos la misma nota de victoria.

Pero cuán diferente es la historia de la iglesia presentada aquí, a la Iglesia que se vive hoy en día. Por qué esta diferencia?. Muchos van a contestar: “porque hay mucha oposición hoy”, pero se olvidan que también había oposición entonces, y más decidida, más acérrima, más persistente en relación a la que tenemos hoy.

Normalmente hoy no nos matan porque decimos que somos cristianos. Y ante estos acontecimientos la Iglesia primitiva no se amilanaba, superaba todos los obstáculos, arrollaba todos los enemigos, y avanzaba siempre victoriosa, desde Jerusalén a Roma, frente al paganismo y la incredulidad.

Repetimos la pregunta: por qué?. Si volvemos a los capítulos a los que nos hemos referido hallaremos la respuesta.

Leamos, por ejemplo, en Hechos 2,42: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”. Esta es una descripción breve, pero muy elocuente de lo que era la Iglesia primitiva.

Era una Iglesia que oraba, pero no de vez en cuando, sino que oraban “asiduamente”. Oraban todos, no unos pocos, sino todos los miembros de la Iglesia; oraban asiduamente y de modo decidido. “Se dedicaban asiduamente a la oración”, como vemos en el capítulo 6,4.

!Se entregaban a la oración, se puede traducir de la palabra griega.! Esta es la realidad de un verdadero ministerio apostólico: darse a la oración continuamente.

!Una Iglesia que oraba y pastores que oraban! Una Iglesia así y un pastorado así tiene que conseguir resultados. Siguen impertérritos, arrostrando al enemigo, como en realidad hacían los Apóstoles. ¡Esto podríamos hacerlo también hoy!.

No hay nada en la Iglesia de hoy, y en el ministerio de hoy, y por qué no decirlo claro, en que usted y yo, nos hayamos alejado del modo más lamentable de la Iglesia Apostólica que en el aspecto de la oración. NO VIVIMOS UNA VIDA DE ORACION.

Una gran mayoría de los miembros de nuestra Iglesia hoy día ni aún creen, teológicamente, en la eficacia de la oración, les parece imposible que se hagan efectivas las promesas del Señor Jesús, es decir, NO CREEN QUE LA ORACION HAYA DE CONSEGUIR ALGO DISTINTO DE LO QUE OCURRIRIA SIN LA ORACION. Creen que la oración tiene, de pronto, algunos beneficios, pero que estos son de carácter subjetivo (para muchos intelectuales y científicos de la palabra, es solo cuestión de sugestión): que da solaz al alma, que despierta fuerzas inconscientes, etc., pero eso es todo.

No vivimos en una época de oración, sino de ajetreo, de actividad, de movimiento, de técnicas, de ciencia, de planes y estrategias, vivimos una época en que debemos descubrir y comprobar en los laboratorios la existencia de Dios y todos los fenómenos que están a su alrededor, una época en que el hombre solo tiene confianza en sí mismo para conseguir las cosas y cree no necesitar de Dios, porque es inteligente, porque ha estudiado, porque es creativo, olvidándose que todo lo que tenemos nos lo ha dado Dios.

Creemos en la organización humana, en la ciencia, en los descubrimientos modernos, en la tecnología, en la palabra y los argumentos de los hombres, pero en lo que se refiere a las cosas de Dios, esto sirve de poco, sino es que sirve de nada.

Creo que se podría decir perfectamente que la Iglesia de Cristo nunca en su historia estuvo tan llena de personas expertas y estuvo mejor organizada que hoy.

Nuestra maquinaria eclesiástica es maravillosa, perfecta si se quiere decir; pero, por desgracia, esta maquinaria carece de poder; y cuando las cosas van mal, en vez de acudir a la verdadera causa de nuestro fracaso, nuestro descuido de Dios, la falta de una verdadera y eficaz Evangelización y el fallo en pedirle poder, buscamos la manera de nombrar otro comité u organización, de añadir una nueva rueda al engranaje, y ya hay demasiadas ruedas en nuestra maquinaria.

Lo que necesitamos no es una nueva organización, ni una nueva rueda, sino dejar entrar “EL ESPIRITU DE VIDA”, dejar que el Espíritu de Dios, que todo lo transforma, impregne y transforme con su fuerza y su poder todos los estamentos y principalmente la vida de todos los que de una u otra manera tienen que ver con la transmisión del mensaje de Dios, del anuncio de la Buena Nueva.

Cuando los hombres se lanzan hoy al campo de la oración y llenan las condiciones requeridas, LA ORACION TIENE EL MISMO PODER QUE EN TODOS LOS TIEMPOS.

Dios no ha cambiado, es el mismo ayer, hoy y siempre, su oído es tan fino como antes para percibir el sonido de la oración verdadera; su mano alcanza donde alcanzaba antes y tiene el mismo poder para salvar: “Mirad, no es demasiado corta la mano de Yahvé para salvar, ni es duro su oído para oír, sino que vuestras faltas os separaron a vosotros de vuestro Dios, y vuestros pecados le hicieron esconder su rostro de vosotros para no oír” (Isaías 59,1-2).

La oración es la llave que abre las cerraduras de los depósitos de la gracia y poder infinito de Dios. Todo lo que Dios es, todo lo que Dios tiene, está a nuestra disposición por medio de la oración, pero debemos usar esta llave.

La oración puede hacerlo todo, es el poder más grande que el Señor ha colocado a nuestra disposición.

La oración puede, por la acción del Espíritu Santo, transformarlo todo, hacer una nueva creación en cada hombre, puede transformar la tristeza en alegría, el llanto en risa, la escasez en abundancia, el temor en fortaleza, la desesperanza en esperanza, la enfermedad en salud, la opresión en libertad; la muerte en vida que ocasiona el pecado y el mal, en la paz, el amor y la vida eterna.

Muchas personas creen que oran, por la cantidad de rezos que realizan cada día, por la cantidad de novenas que practican, por la cantidad de velones o veladoras que prenden, por las misas a que asisten, por las ceremonias religiosas que frecuentan, en fin, por una religiosidad que practican, pero en todo lo que hacen no pueden centrar su pensamiento y mucho menos su corazón.

Están orando y pensando en todos los problemas que los aquejan, en las necesidades que tienen, en las dolencias que padecen, en los proyectos que desean realizar, en las tribulaciones por las que están pasando, en fin, son incapaces de colocarse verdaderamente ante la presencia de Dios y mucho menos abandonarse en sus manos y entregarle toda la problemática de su vida. En realidad lo que estas personas hacen es “pensar-meditar”, no orar.

Una gran mayoría de personas no aprenden nunca a orar, porque nunca han aprendido a hacer un uso eficaz de la oración de petición. La mano extendida en actitud de súplica obtiene lo que no es capaz de lograr la mano apretada contra la frente en actitud pensante.

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